Por Rafael Semeraro Kluge
La cristiandad como el resto de religiones, o por lo menos la mayoría, hablemos de las religiones Abrahamicas, y otras como el Hinduismo (dejemos de lado el Budismo, puesto que considero que no aplica como las demás, ya que no tiene uno o varios dioses) o religiones politeístas de sociedades como los griegos o los romanos, y giremos el mundo a la izquierda para llegar a occidente, como lo son las religiones o cultos de nativos americanos como Incas y Aztecas, entre tantísimas otras. Todas ellas son la necesidad (hasta que no se compruebe su existencia con hechos tangibles), de justificar ciertos hechos naturales o casualidades, de darles una explicación racional para el momento en que se dieron. Todo lo que pasaba era o un milagro o un castigo divino. Esta es la primera gran afirmación que se puede dar a la vida espiritual del ser humano. El ser humano tiene la necesidad de creer en algo superior a él. Si caía un rayo era Zeus, si venia un marejada era Poseidón, quienes mostraban su ira. Ese fue el razonamiento lógico de los seres humanos por siglos y siglos.
En materia de Relaciones Internacionales, la cristiandad y más generalmente las ya mencionadas religiones Abrahamicas, son las que más relevancia e importancia han tenido en nuestra materia. Como occidental (espero no pecar de ego) y retomando la historia, occidente ha sido el pionero de las Relaciones Internacionales. Y de este lado del orbe las religiones que predominan son las anteriores, y de los hijos de Abraham, los cristianos son los que han tenido una mayor y casi monopolizada participación en nuestro hemisferio, ubicando este último en Europa primeramente y América posteriormente para ser más específicos.
La habilidad que tiene una religión para mover masas, multitudes de creyentes y de otros no tan creyentes que solo se mueven en un cardumen de “feligreses” es increíble. Es como si una voz interna controlara a cada persona para juntar un conglomerado que siente, vive y respira cristiandad.
En definitiva la influencia de la cristiandad ha perdido su antiguo esplendor, pero en su máximo apogeo la justificación de La Santa Sede, del papa, o algún obispo o cardenal importante e influyente fueron suficiente motivo para llevar a cabo situaciones por no llamarlas atrocidades como lo son guerras santas, cacerías de brujas por nombrar un par de ejemplos fáciles de recordar y señalar. Hasta influencias políticas, donde la iglesia actúa como titiritero, los títeres la llamada “sangre azul”, a veces cambiaban de papel; y donde la victima de la obra es siempre el pueblo que esta siempre buscando el amparo y la limpieza de sus pecados, que son a la largar irrelevantes en comparación a los de los títeres y sus titiriteros.
El éxito consiste en la perfecta manipulación ante la ignorancia. El temor a hacer lo indebido, el terror a cuestionar. Quitaron el freno y causaron de la cristiandad un caballo galopante que se movió por toda Europa, que influyo para hacer y deshacer a sus anchas. Busco la conquista de Jerusalén, donde los hijos de Abraham lucharon entre sí, casi en una batalla de titanes; fue tan poderoso que rompió con las fronteras, se expandió a América, un territorio infinitamente más grande que el viejo continente.
Hoy día, por el contrario, la libertad de expresión, de credo y tantos otros derechos adquiridos han hecho una liberación del hombre, un nuevo renacimiento. Seres humanos más ilustrados, sin temor a un castigo divino, concisamente la idea de una eternidad en el infierno o un posible purgatorio, han dado paso a la libertad de hacer preguntas al respecto, de cuestionar y por ende de elegir en que creer.